David era una buena persona y eso se le notaba en cuanto le mirabas. Quizá si rasgo físico más llamativo era su pequeña nariz que parecía estar hundida en su cara como si hubiera sido empotrada en ella tras darse con una puerta. Siempre soltando chistes era uno de los jugadores españoles con más imaginación de la época que murió prematuramente privándonos de sus fecundas ideas.
A continuación se reproduce un artículo que apareció en La Crónica de León con motivo del primer aniversario de su muerte.
El gigante David
Hace ya un año que murió, en plena juventud, uno de los jugadores más talentosos y creativos que ha dado el ajedrez español en mucho tiempo: David García Ilundáin. David pasó como un cometa por el ajedrez y por la vida misma, y los que le conocieron pueden atestiguar que era un tipo entrañable con un corpachón de gigante que encerraba un corazón de niño; y seguramente os contarán alguna anécdota.
En León [España] protagonizó una de las más sonadas. Fue durante el Torneo Magistral del año 1993; David había conseguido una buena posición en la partida que le enfrentaba al excampeón mundial Anatoly Kárpov; cualquiera en su lugar se hubiera puesto nervioso ante la oportunidad de ganar a una de las leyendas vivas del ajedrez y David no fue una excepción, lo excepcional fue si manera de combatir los nervios.
Cuentan que Nímzovitch, para relajarse, se iba a una esquina de la sala de juego y hacía el pino adoptando una postura de yoga. Hoy, manifestar tan notoriamente que estás acusando la presión se interpretaría como un signo de debilidad, por eso, la mayoría de los ajedrecistas intentan aparentar el aplomo de «El hombre tranquilo» y la frialdad de Hannibal Lecter, sin embargo, pequeños tics y movimientos inconscientes los traicionan: unos mordisquean el bolígrafo hasta comérselo, casi todos mueven compulsivamente los pies por debajo de la mesa como si tuvieran el baile de San Vito y alguno llega a depilarse literalmente las cejas a tirones. David optó por desahogarse concediéndose un pequeño placer gastronómico que provocó que los demás jugadores —Empezando por su egregio rival— y los espectadores pusiéramos cara de sombro cuando vimos aparecer una copa de vino sobre su mesa, en lugar del habitual café o la botellita de agua mineral. Yo quise imaginar que quizá era una manera de celebrar el acontecimiento, después de todo, pocas veces tiene uno la oportunidad de jugar cada a cara contra uno de sus mitos deportivos.
Pero cuando apareció la segunda copa, e incluso una tercera, confieso que ya no sabía qué pensar. Y, en contra de lo que todos temíamos, su juego no sólo no se resintió sino que su posición mejoraba paulatinamente a medida que iba apurando su copa de vino, y quizá fue eso, precisamente, lo que le animó a pedir la segunda y la tercera; los ajedrecistas suelen ser supersticiosos y si atribuyen buena suerte a un bolígrafo o a una prenda de vestir son muy reacios a cambiarla (también en León pudimos ver a un Gran Maestro que no se cambió de camiseta durante todo un torneo. Ignoro la opinión de sus rivales, pero incluso desde lejos, aquello «cantaba» cada día más). Lo más curioso es que la conducta de David había tenido un cierto precedente en la primera ronda de ese mismo torneo, en la Kárpov se había enfrentado a un niño, Peter Leko, de apenas trece años. La partida se prolongó casi siete horas —descanso para cenar incluido— durante las cuales «el gélido Tolia», el hombre de las ventajas microscópicas, intentó en vano doblegar la resistencia que le oponía un niño con gorra hacia atrás que no paraba de comer gominolas y aún se permitía el lujo de levantarse entre jugada y jugada para observar partidas de los demás. Bien pasada la media noche, Kárpov se rindió a la evidencia y propuso las tablas (Leko, que ahora opta a Campeón del Mundo, consiguió es ese torneo la segunda norma para el título de Gran Maestro). «Pues si Leko se dio el gustazo de atiborrarse a gominolas no veo por qué no puedo yo pedirme un riojita». Quizá eso fue lo que pensó David. Aunque lo cierto es que, años después, el mismo se espantaba de su arrebato: «¿Cómo pude hacer eso? ¡Qué loco estaba!».
Seguramente querrán saber el desenlace de la partida. Como he dicho, lejos de empeorar, la posición de David fue mejorando a medida que trasegaba el vinillo, hasta que consiguió una superioridad tan clara que todos, tanto los espectadores como los jugadores, que levantaban la mirada al tablero mural y se acercaban incrédulos a la mesa de juego, soñábamos ya con la victoria de David que, de haberse cumplido nuestro deseo, hubiera merecido salir a hombros de la sala de juego.
Lamentablemente, en el momento crítico David erró la puntería y no hizo la mejor jugada, la jugada ganadora; aún así su posición era tan buena que Kárpov se apresuró a aceptar las tablas; un éxito se mire como se mire, que cualquiera firmaría con gusto. Para mí no tiene mucho sentido entrar en especulaciones sobre si el error se debió al efecto de la propia presión de la partida (que siempre se incrementa cuando te das cuenta de que tienes la victoria a tu alcance), al agobio de los apuros de tiempo (que, siguiendo la ley de Murphy, llegan justamente en los momentos más agudos y complicados de la partida), o a un simple error humano y acierto del rival, como le pasó a Djukic a la hora de lanzar el penalti que decidía el título de la liga, justo en el último minuto del último partido.
En contra de los que criticaron a David por su frívola conducta —incluido él mismo—, yo opino que en aquél momento David hizo lo que le pedía el cuerpo para dar salida a la presión que le atenazaba, y si un rioja le ayudó a sentirse mejor, a relajar los nervios, incluso a controlar el pulso, a mí me sigue pareciendo una buena decisión. Aunque, ciertamente, si la partida llega a durar siete horas, como la de Leko, no sé en qué estado hubiera acabado David. A lo mejor hubiera pedido también una de mollejas para acompañar, por qué no.
David era así, y no conozco a nadie que no haya lamentado su pérdida. Tampoco tuve ocasión de tratarle mucho, solamente unos pocos días al año, pero me enternecen los recuerdos de la primera vez que llegó a León un adolescente de 1,90 de altura que hacía preguntas de niño; y me emocionó aún más cuando me cuentan el ánimo, el humor y el coraje con que enfrentó la última partida de su vida a sabiendas de que su posición era desesperada. En sus propias palabras, seguro que pensaba «¡Esto es un infierrrrno!».
David, querido «enferrrrrmo», mis tres próximos riojas irán en tu honor.
A continuación reproducimos la partida de la que habla el artículo.
[Event "Leon"]
[Date "1993"]
[Round "3"]
[White "García Ilundáin,
David"]
[Black "Kárpov, Anatoly"]
[Result "1/2-1/2"]
[ECO "E15"]
[WhiteElo "2475"]
[BlackElo "2725"]
[PlyCount "89"]
1. d4 Cf6 2. c4 e6 3. Cf3 b6 4. g3 Aa6
5. b3 Ab7 6. Ag2 Ab4+ 7. Ad2 a5
8. O-O O-O 9. Dc2 h6 10. a3 Ae7 11.
Cc3 d5 12. Tfd1 Ca6 13. Ac1 c5 14. cxd5 exd5
15. Ab2 Te8 16. Tac1 Af8 17. e3 Cc7
18. Ce5 cxd4 19. exd4 Ad6 20. f4 b5 21. Df5 Ac8
22. Dc2 Ad7 23. Cb1 Dc8 24. Df2 Af5
25. Cd2 h5 26. Cdf3 Ce4 27. Df1 Ae7 28. Tc6 f6
29. Tdc1 Ad8 30. Cd3 Ta6 31. Txa6 Dxa6
32. Cc5 Dc8 33. Ch4 Cxc5 34. dxc5 Ae4
35. f5 Axg2 36. Dxg2 Dd7 37. Df3 De7
38. c6 De2 39. Dxe2 Txe2 40. Ad4 Ca6
41. Cg2 Te4 42. Af2 Ac7 43. Ce3 Td4
44. Rf1 Td3 45. Td1 1/2-1/2