Steinitz no fue un gran pedagogo, y escribió poco. Su influencia la marcó a través de sus partidas, que causaron sensación y fueron meticulosamente analizadas. Quien realmente formuló y divulgó los principios con los que jugaba Steinitz fue Siegbert Tarrasch. Una de las mentes más agudas y científicas del ajedrez.
A partir de la publicación de la obra de Tarrasch «Die moderne schachapartie» (El ajedrez moderno) en 1912, los fundamentos posicionales descubiertos por Steinitz se hacen de dominio público; y ya no bastará con conocerlos para poder ganar. Así pues, la escuela Moderna comienza con Steinitz, culmina con Tarrasch y abarca una generación de ajedrecistas que actúan en los últimos veinte años del siglo XIX y la primera década del XX. Son jugadores que aplican estrictamente los principios de Steinitz, aunque son jugadores muy diferentes entre sí.
El máximo representantes de la escuela Moderna es Emmanuel Lasker. Tarrasch y Schlechter fueron según los casos eclécticos y ortodoxos. Pillsbury y Marshall fueron grandes jugadores de ataque; mientras que Maroczy los fue de la defensa. Chigorín y Spielmann fueron neorrománticos, que añoraban el estilo de juego de Morphy pero no podían desatender los principios modernos.
Los principios de la escuela Moderna son muchos y no es tarea de esta nota desmenuzarlos, pero algunos de los más importantes son: el control del centro, valor de la defensa, superioridad de los alfiles sobre los caballos, importancia del desarrollo en la apertura, explotación de los puntos fuertes y defensa de los débiles, etc. Se trata de colocar las piezas en la mejor posición posible para que ataquen tanto como defienden. El estilo fue tildado de dar partidas frías y sosas, pero se impuso por la sencilla razón de que quienes jugaban sin atender a estos principios perdían sistemáticamente.
Ya en la segunda década del siglo XX aparecieron jugadores que pusieron en tela de juicio los principios modernos, incluso los contradijeron, pero aún Capablanca y Aliojin, los grandes campeones de este período, aún debían mucho a Steinitz. Claro que ya empezaban a jugar de otra forma.
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