Como en su época hizo Morphy, Torre viajó a Europa en 1926 y se enfrentó a los grandes ajedrecistas del continente participando en los torneos de más alto nivel: Baden-Baden, Marienbad, Moscú, etc., y en todos ellos obtuvo muy buenos resultados. Ese mismo año regresó a México, con intención de volver a Europa para enfrentarse a los más grandes. Ganó el campeonato de ajedrez de México y solicitó una plaza de ajedrez en la Universidad de México. Acto seguido jugó el campeonato del Oeste en Chicago y cuando luchaba por la segunda plaza recibió dos noticias que le hundieron psicológicamente: su rechazo de la plaza de profesor (por tener unas calificaciones bajas) y la boda de su prometida con otro hombre. Torre no se recuperó de este golpe psicológico. Aceptó un trabajo de dependiente en Estados Unidos y jamás volvió a jugar al ajedrez en serio.
Torre era un hombre apacible. Tenían un sentido artístico muy desarrollado. Apreciaba la belleza y la lógica del ajedrez, pero carecía del espíritu agresivo de los grandes campeones, necesario para llegar a cotas más altas. Admiraba el juego de Fischer. En 1977 la FIDE le concedió el título de Gran Maestro Internacional (Honoris Causa), y murió al año siguiente.