De Agustín Berrueta
Dice el señor Garai, director general de Deportes del Gobierno Vasco, que el ajedrez no es deporte, y fundamenta tal aseveración en que es una actividad que no implica un gasto físico «significativo». Lo de menos es lo que el señor Garai opine del ajedrez y de los ajedrecistas (si supiera lo que opinamos nosotros de él...), lo grave es que ha preparado un Proyecto de Ley para erradicar al ajedrez —como deporte— del País Vasco, vía suspensión de las Federaciones Provinciales, subvenciones y apoyos oficiales.
Muchos de los que se sienten afectados por este «decretazo» han entrado al trapo y tratan de demostrarle al señor Garai que el ajedrez sí genera gasto físico, porque sube la tensión y quema tantas calorías que adelgaza. Yo no creo que ése sea el tema. Puestos así, hasta la entrada de la primavera altera la tensión, y presentarse a una oposición también sube la tensión y adelgaza. ¿Y enamorarse?, eso sí que altera el coco, el corazón, los hígados y el riñón. Y no por eso llamamos deporte a ninguna de esas cosas, ni nos tomamos precisamente con deportividad la alergia primaveral, que nos suspendan en un examen o que nos dé calabazas la chica más guapa de la clase. Y si es por gasto físico, que les preguntes a los vascos y a las vascas, amos y amas de casa, si a fregar o planchar lo consideran un deporte. Porque, a lo mejor, el señor director general de Deportes está pensando en crear la Federación de Plancha Vasca. Ya me estoy imaginando, en las fiestas de los pueblos, a los «plantxaris», equipados con la plancha y la tabla (ambas de piedras, por supuesto), compartiendo palenque con aitzkolaris, pelotaris y levantadores de piedras.
No voy a discutirle al señor director general que el ajedrez no produce gasto físico, ni le voy a poner el ejemplo del tiro con pistola o carabina en los que, aparte de guiñar el ojo, apenas se mueve un dedo, y sin embargo son deportes olímpicos; pero sí voy a discutirle que el gasto físico sea la condición «sine qua non» es decir, la condición necesaria y suficiente, para distinguir lo que es deporte y lo que no lo es.
Por mi parte, siempre pensé que lo de «deporte» iba más asociado a la «deportividad» que al simple ejercicio físico, un concepto que reconozco que me cuesta mantener cuando veo por la tele a dos supuestos deportistas dándose patadas, cabezazos, escupiéndose e insultándose y encima cobrando millones de euros por ello. Ciertamente, los ajedrecistas debemos ser poco deportistas porque todavía no nos escupimos ni nos damos patadas por debajo de la mesa. Es más, no conozco ninguna otra actividad deportiva, con la honrosa excepción de «El tercer tiempo» en el rugby, en la que al acabar una partida a cara de perro, los dos jugadores, antes adversarios, se sienten tranquilamente a intercambiar opiniones, análisis y valoraciones sobre lo que cada uno imaginó que podía pasar y al final no ocurrió y, de esa manera, aceptar y asumir los errores propios y los aciertos del contrario para sacar una conclusión positiva de todo ello, como ayer mismo nos demostraron Alexéi Shírov y Peter Svídler. Pero no sudaron la camiseta, ¡qué poco deportivos! Se me ocurre que si los futbolistas hicieran algo similar al acabar los partidos seguramente estaríamos en el mejor camino para acabar con la violencia dentro y fuera de los terrenos de juego. No sé, a veces pienso cada tontería, será que esto del ajedrez reblandece las neuronas.
También parto de la base de que cuando hablamos de deporte nos referimos al deporte de competición, (si no, pienso crear la Federación de Bicicleta Estática y pedirle una subvención al señor Garai); al que está regulando por normas, reglamentos y leyes; organizando por clubes legalmente registrados, delegaciones provinciales y federaciones territoriales y nacionales; supervisando y sancionando por monitores, entrenadores, árbitros, colegios oficiales y comités competentes. Todo eso lo cumple el ajedrez en Euskadi, en el Estado Español y en 150 países más que se aglutinan en la Federación Internacional de Ajedrez. Pero por lo visto, eso tampoco es suficiente para ser deporte.
Para que se hagan una idea de la implantación planetaria de este juego milenario, baste decir que organiza desde hace un siglo su propia Olimpiada, y que este año se celebra por primera vez en España, concretamente en Claviá, Baleares. Allí estará la Selección Española, de la cual han formado parte jugadores vascos en numerosas ocasiones pero que, si se aprueba este plan antiajedrez, no volverán a representar ni a España ni a Euskadi, salvo que se federen en otra comunidad autónoma, lo cual automáticamente les convertiría en vascos de segunda clase a los ojos de los defensores del nacionalismo estrecho y excluyente del que cada día tenemos un nuevo ejemplo. Y no quiero sacarle esquinas políticas al asunto, pero se me pone hasta el flequillo de punta (aunque no me lo peino desde hace veinte años) al pensar en los niños y niñas vascos y vascas, en los colegios e ikastolas, apartando los tableros y las piezas de ajedrez para empuñar la pala, el hacha o las piedras cuadradas, solamente porque, al menos para el señor director general de Ejercicio Físico, es preferible —y más subvendionable— ejercitar el músculo que la mente. Prefiero no seguir el razonamiento hasta sus últimas consecuencias, que cada cual saque sus propias conclusiones.
La verdad es que me he quedado sin argumentos, así que nada, señor director general, que tiene usted razón, que el ajedrez no es deporte. Que no sean tan señoritos esos ajedrecistas vascos, y que se apunten a cortar troncos, o a tirar de una cuerda, que es mucho más sano que pensar tanto. Porque lo único que queda demostrado es que, a algunos, pensar mucho les sienta entre mal y muy mal.
De todas manera, en aras de una posible vía «para la convivencia», voy a dar lo que en ajedrez llamamos «el jaque de la agonía» y le hago un proposición de ley al señor director general, por si aún le queda alguna capacidad de reacción. ¿Admitiría el señor Garai «ajedrez» como deporte (autóctono), si hiciéramos el tablero y las piezas de piedra y el doble de grandes de lo que son normalmente? No me negará el señor director general, que levantar 32 piedras a pulso durante cuatro o cinco horas seguidas exige un esfuerzo físico «significativo». ¿Convertiría eso al ajedrez en deporte? Y hasta, si con eso se queda más tranquilo, en el País Vasco podemos cambiarlo de nombre y llamarlo «Lanzamiento de torres» o «Levantamiento de caballos». Suena bastante esforzado ¿no? Le dejo para que lo medite a la sombra de la txaplea. Le toca a usted mover pieza, digo piedra.