Artículo publicado originalmente en «Ajedrez en Cuba», Nº 56, junio del 2000
Obtenido en http://www.hechiceros.net
No es que tenga algo personal o esté en desacuerdo con la aplicación del sistema Elo, pero no es menos cierto que tengo que vérmelas con él constantemente en mi camino; no será una expresión muy periodística, pero sirve para decir en pocas palabras algo de lo que seguramente se habrán percatado los lectores que han leído algunos de mis trabajos de los últimos tiempos, o incluso en los de mucho tiempo atrás, desde los años 70: no me convence, porque puede convertirse (y en mi opinión ya se ha convertido) en un freno para el desarrollo del ajedrez.
El tema me motiva de nuevo luego de tener que dedicar algunas horas al trabajo de búsqueda bibliográfica, asociado a la selección de trabajos incluidos en el presente número, inmerso en revistas y materiales que reflejan el quehacer ajedrecístico de los años anteriores a la aplicación universal del sistema Elo, período en el que los organizadores de los grandes torneos podían darse el lujo de conformar una nómina más variada y hasta atractiva, acorde a los intereses nacionales.
La expresión anterior se ha destacado de todas las formas posibles con el propósito de resaltar algo que no puede ser obviado, aunque en muchas oportunidades este «número» ha sido empleado hasta para realizar comparaciones entre ajedrecistas que vivieron en épocas bien diferentes.
Podemos hacer, incluso, una simple valoración para demostrar por qué este sistema no debe ser extrapolado en el tiempo: si vamos a las primeras listas Elo, publicadas a comienzos de los años 70, nos encontraremos con el hecho significativo de que de la mayoría de los grandes maestros de entonces (que no eran tantos pero si muy buenos), eran realmente pocos los que tenían más de 2550 puntos. Esto nos conduce a la siguiente interrogante inevitable:
¿Son comparables, por su fuerza real, aquellos grandes maestros, que tenían entonces entre 2500 y 2550 puntos, con los grandes maestros actuales incluidos en igual rango de rating?
Naturalmente que no; basta con tomar la nómina de cualquier torneo de entonces y hasta nos parecerá sorprendente que en esa época aquellas grandes figuras —y otras bien distinguidas—, estuvieran incluso por debajo de los 2500 puntos Elo. Y es que, sencillamente, no podemos aceptar como cierto que el desarrollo de la técnica ajedrecística ha sido tal, que ha llevado a que nuestros ajedrecistas actuales con 2700 puntos o más tengan una fuerza de juego superior ¡en 200 puntos! a nuestras grandes figuras de entonces.
Por tanto, resulta claro que el incremento hacia los 2700 puntos o más que ha tenido el top de la lista Elo es consecuencia clara de la aplicación del propio sistema, que tiende a hacer cada vez más selectiva la conformación de las nóminas en los principales torneos (categoría 14 o superior) haciendo prácticamente imposible el enfrentamiento entre grandes maestros entre los que medie una diferencia superior a los 100 o 150 puntos, y esto es extensivo al resto de las categorías y de los jugadores de la lista.
Por tanto, si el propio sistema se hace cada vez más selectivo, convirtiéndose en un mecanismo de selección natural que limita todo contacto entre ajedrecistas de diferentes categorías, estamos propiciando la generación de élites que impiden o evitan el intercambio con ajedrecistas de categoría inferior (algo que no ocurrió jamás en la historia del ajedrez) frenando o dificultando el desarrollo de estos ajedrecistas en formación, de los cuales sólo aquellos de condiciones muy superiores podrán alzarse sobre sus congéneres, para abrirse paso hacia la cúspide del ajedrez mundial.
Obviamente, tal sistema a quien único beneficia es precisamente a los supergrandes maestros, que rara vez se ven en la necesidad de enfrentarse y tener que preparase para jugar contra un ajedrecista «X», y por tanto, tienen todo el tiempo del mundo para prepararse para jugar solo con sus adversarios habituales de todos los torneos y de todos los días.
No obstante, podemos soñar y someter a debate algunas sugerencias que pudieran ser motivo de análisis, pues en el fondo existen razones para pensar que la introducción de algunas regulaciones pudieran resultar de interés o beneficio a la mayoría de las naciones miembros de la FIDE.
Y es que una cosa sí es cierta: sólo dentro del marco de la FIDE es posible analizar y proponer modificaciones de beneficio común, y sólo la FIDE puede establecer regulaciones que necesiten ser tenidas en cuenta por los organizadores de torneos para que sus torneos sean reconocidos oficialmente y los resultados finales puedan ser incluidos en las listas Elo del máximo organismo del ajedrez mundial.
La pregunta que cabe hacerse es entonces evidente: ¿qué impide aplicar un sistema similar, compatible con el sistema de categorías por Elo?
Dicho en otras palabras: si la FIDE establece regulaciones reglamentarias que obliguen a que en todo torneo oficial la nómina quede integrada dejando un mínimo de cuotas para que sean ocupadas por ajedrecistas de un Elo relativamente inferior (respecto a la categoría del torneo), sin que esta sea afectada, (por ejemplo, incluir ajedrecistas con -100 ó -150 puntos respecto a la media del evento, maestros internacionales con una norma de gran maestro, etc.) los países con ajedrecistas en desarrollo verían de inmediato incrementadas sus posibilidades de jugar en estos importantes eventos internacionales a los que hoy no tienen acceso ni hasta grandes maestros consagrados.
Por otra parte, no se trata de una idea descabellada, sino de un hecho que puede concernir a los propios organizadores. Pongamos un sólo ejemplo, tomado de nuestra propia realidad.
Cuba cuenta hoy con varios juveniles en franco desarrollo, que no solo serán grandes maestros, sino que tienen sobradas condiciones para alcanzar los 2600 puntos en un plazo razonable (algo que no ha logrado aún ningún gran maestro cubano hasta la fecha), si reciben las oportunidades necesarias; pero estas no sobran, más bien faltan.
Supongamos ahora que la mencionada regulación existe; en tal caso, ¿cuántos organizadores de grandes torneos se disputarían la inclusión del GM Lázaro Bruzón o del MI Leinier Domínguez?; y hay más: ¿quienes saldrían más beneficiados que los propios organizadores y la prensa en general, con la presencia de jóvenes como estos, que pueden ganarle una partida a cualquiera, dando nueva vida y no poca espectacularidad a los grandes supertorneos?
Sencillamente gana todo el mundo: los organizadores, los medios de difusión, los ajedrecistas en desarrollo —aunque pierdan Elo en la contienda— y hasta la misma FIDE, amén de que no las tenga todas muy buenas con los ajedrecistas de la Elite mundial, que son, obviamente, los únicos que no parecen beneficiarse con estas modificaciones, si bien no puede descartarse que todo aquello que de vida al ajedrez beneficia de alguna manera a todos los ajedrecistas, con más razón a los profesionales.
Para los que vivimos de cerca aquellos grandes torneos de los años 60, resulta inevitable mirar atrás y recordar aquellos días inolvidables en que las páginas de la prensa internacional anunciaba con grandes titulares el enfrentamiento de un maestro nacional, cubano o latinoamericano, con un gran maestro de renombre y hasta con un excampeón mundial; y es lamentable que todo haya ido por el camino equivocado, porque si las condiciones actuales se mantienen, ya nunca más será posible ver como un pueblo entero saltar de alegría con la victoria inesperada de un Carlos Calero contra un Miguel Tal.
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